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Autor:
Paz M. (Chile)
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LA MUDANZA
Hace ya un mes que he estado embalando mis pertenencias, he encapsulado mi vida, mis recuerdos y mis deseos frustrados.
A pesar de que cuando llegue a este departamento sabía que no seria por más de cuatro años y esperaba con ansias el día de mi cambio, hoy viendo el montón de cajas, que siempre son más de las que se creen, siento angustia de saber que mi vida entera se puede envasar de esta forma. Mis proyectos, todos, no son más que un montón de promesas que hoy traslado conmigo sin haberlas concluido, no era la idea, se suponía que al irme de aquí comenzaría a escribir otra historia, sin embargo las palabras inconclusas no las puedo tirar con la basura...
Una agenda vieja me ha devuelto nombres y teléfonos con historias no resueltas, he visto el número de Antonio junto con su fecha de cumpleaños, ha sido ayer, y no sé si llamarlo, han pasado años desde que no lo hago, y esa vez me dije sería la ultima, y hasta hoy lo ha sido. Pero ahora que estoy tratando de limpiar mis deudas creo es la oportunidad de hacerlo. Recuerdo que en ese último llamado terminé diciendo que quizás en otro momento, con más años y experiencia encima, sería la oportunidad de nosotros, y ¿por qué no?, Después de todo la decisión fue mía y él, llorando me pidió un tiempo, ese tiempo ya ha pasado, y siento que me lo he tomado.
Mí vida no ha cambiado más que de calle, porque los proyectos que planifique para hacer sola los tengo amontonados como simples pertenencias, que se quedan con uno por miedo, de perder lo que no se ha tenido. Las horas en la facultad se trasladaron a una oficina, y los compañeros de carrera fueron reemplazados por colegas, las fiestas de fin de semana hoy son reuniones en algún bar, y la cerveza en lata es equivalente a un Merlot acompañado de quesos, en fin, son los mismos condimentos los que adoban hoy mi vida...
Podría llamarlo y dejar que se tiente, vernos quizás un par de veces, amarnos como en esos años y el tiempo de seguro diría sin prejuicios cual seria el norte entre nosotros.
Recuerdo que cuando me ayudó a cambiar las dos o tres cosas que tenía, a este departamento, soñamos con instalarnos algún día en una casa, con tres dormitorios y dedicarnos a llenar los espacios con un par de niños, poner en el patio de atrás un perro grande. Yo me dedicaría al jardín por las tardes y él lavaría el auto los fines de semana... no eran trazos difíciles de dibujar. Sin embargo estoy aquí sola, trasladándome a otro departamento, con un poco más de espacio, e intentando llenarlo, con viejos recuerdos...
Mi idea fue tomarme un tiempo, un tiempo con límite, pero el límite se ha aplazado, y la soledad ya no me parece un espacio propio sino más bien una condena. Los planes de viajes rápidamente se cambiaron por un automóvil, y luego por otro mejor y así han pasado tres modelos diferentes en cuatro años. Los planes de conocer gente se frustraron con el cansancio que deja el trabajo, con las horas dedicadas a mejorar y los cursos para perfeccionar. Los planes de llenar mi vida con nuevas sensaciones ahora los veo convertidos en objetos empacados que aun dudo si llevarlos, o tirarlos. Los planes de futuro han sido cheques en blanco de una cuenta ya cerrada. Se ha desvanecido la fortuna que pensé tener, me la he gastado sin saber y ahora no me queda más que apostar a un número, y siento que el destino lo ha puesto en mis manos, Antonio 689 23 54. Es la ultima carta del mazo antiguo, la ultima jugada que queda de esta partida estirada en el tiempo, y no hay más que ganar o perder. Ganar significa concretar al menos uno de los proyectos asignados a este domicilio...
Es Sábado, el teléfono esta en el suelo, la mesa ya esta arriba del camión, me siento sobre el piso, apoyo la espalda contra la pared, mirando por la ventana sin cortinas, oliendo a vació. Marco él número con calma y escucho del otro lado a Antonio, como siempre diciendo "¿sí?, ¿Con quien?", Soy Sandra –respondo-, ¡Hola, Sandra! Tanto tiempo... Que casualidad, me pillaste de suerte aquí, vine de visita a ver a mis papás...¿Sabias que hace dos años, me case?, vivo fuera de Santiago, en una parcela que compramos con la gorda... ¿y tu, sigues donde mismo, en el departamento?. Solo hasta hoy, estoy de mudanza... Encontré una agenda vieja, con tu número y pensé en saludarte por tu cumpleaños, un poco tarde, disculpa –dije un tanto desanimada- Gracias por hacerlo... Bueno, cuéntame de ti, ¿te has casado, tienes hijos?. No aun no, ninguna de las dos... ¿y tu tienes? – pregunte con temor-. Uno de un año y otro en camino que tiene ya cuatro meses dentro de la panza de la Claudia, ¿te acuerdas de la Claudia?...
El resto de la conversación no fue más que seguir llenando cajas de recuerdos añosos, luego de cortar con un cerro más de promesas, no me quedó más que cerrar definitivamente la puerta y entregar las llaves al conserje, dejando el espacio vacío de objetos y lleno de historias que no dicen fin...
Paz M.
Ó
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